La banda
Viejas Locas





Bailando entre escombros

Viejas Locas expuso en vivo la receta de su modesto pero creciente éxito: rock deudor de los Rolling Stones, fiestero, levemente polémico y con mensaje.

JOSE BELLAS

Duérmanse temprano, tomen la leche a la mañana, así mañana nos volvemos a ver." El viernes, a la altura del tema 29, Descansar en paz, Pity Alvarez (voz, guitarra y líder de Viejas Locas) anticipó el final y consiguió la complicidad instantánea de 5 mil fans.

Siete temas antes, lo escucharon cantar el tema Legalícenla con una remera de El Principito sobre el pecho. "Es para Chiche que lo mira por TV", gritaban los fans una vez terminado el tema-reclamo, uno de los varios que el conductor televisivo Samuel Gelblung expuso en su programa Memoria como parte de una tesis basada en acusar al grupo de apología de la droga.

Ubicados al frente de una escenografía que los remite a un

paisaje familiar (los monoblocks de Villa Lugano), Viejas Locas confirmaron este fin de semana una convocatoria que los coloca en un escalafón inmediatamente inferior a las tres bandas de rock más convocantes del país: Los Redonditos de Ricota, La Renga y Los Piojos. Su avance se establece básicamente sobre adolescentes y público stone desencantado con el andar de los Ratones Paranoicos en el último lustro. En ese sentido, el lenguaje llano y concreto de Pity es otra de las claves: el cantante declama en una primera persona sobre la que no caben dudas que es la suya. Musicalmente, ya a la altura de su tercer disco, Viejas Locas asume con una elasticidad dinámica y hasta bailable su forma de hacer rock.

En vivo, pese al eclecticismo explícito de su último disco (Especial, 1999), evolucionan de la misma manera que los Rolling Stones modelo 72: agregando vientos, teclados y armónicas. Así, engordando al cuarteto base hasta el borrador de una big band, es que atacan algunos de sus mayores hits como los funks Perra y Lo artesanal, donde Pity introduce con picardía extractos de Desesperada (aquel hit de Marta Sánchez) y Another Brick on The Wall (Pink Floyd). Como en casi todos los shows del grupo, el público no hace pogo: baila. Ese éxtasis del empujón colectivo heredado del punk se transforma en algo más parecido a un festejo.

Es que más allá de algunas canciones memorables (la sinuosa melodía de Aunque a nadie ya le importe y la melancólica El arbol de la vida), Viejas Locas guarda en la manga un puñado de canciones que ostentan una carrocería rockera con gancho pop, en un estilo que remeda al de Andrés Calamaro en los días de Por mirarte y Na die sale vivo de aquí. Estos títulos (Todo sigue igual y Una vez más) bien podrían ampliarles el espectro, sacarlos del gueto rockero. Pero los fans suelen no perdonar este tipo de transa (ver los siguientes casos: Attaque 77, Rata Blanca y Los Caballeros de la Quema).

En un descanso que llegó promediando las casi tres horas de show y los 30 temas de la lista (el 80 por ciento de su discografía), tuvieron tiempo para estrenar el clip del tema Homero. En un blanco y negro a la Mundo grúa describen un día en la vida de un obrero y confirman su alineamiento dentro de un proletariado rockero nacional al que de alguna manera pertenecen. Porque en Viejas Locas, cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia.

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